"Yo soy el camino, la verdad y la vida"
En el Evangelio de hoy, nuestro Señor Jesucristo nos da la que
tal vez sea la definición más completa y profunda que El hizo de Sí
mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Y nos dejó esa definición la noche antes de su muerte, cuando cenando con
los Apóstoles, les daba sus últimos y quizás más importantes anuncios. Los
Apóstoles, sin lograr entender mucho de lo que les decía, estaban
evidentemente preocupados. Y el Señor los tranquilizaba diciéndoles: “En la
Casa de Mi Padre hay muchas habitaciones... Me voy a prepararles un lugar...
Volveré y los llevaré conmigo, para que donde Yo esté, también estén
ustedes. Y ya saben el Camino para llegar al lugar donde Yo voy” (Jn. 14,
1-12).”
Tomás, el que le costaba creer, le replica: “Señor, si ni siquiera
sabemos a dónde vas ¿cómo podemos saber el camino?”, a lo que Jesús le
responde: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Efectivamente, Jesús iba a morir, resucitar y ascender al Cielo; es
decir, se iba a la Casa del Padre. Y a ese sitio desea llevarnos a cada uno
de nosotros, para que estemos donde El está. Y Él no solamente nos muestra
el Camino, sino que nos dice que Él mismo es el Camino, cuestión un tanto
complicada, que Jesús les explica de seguidas: “Nadie va al Padre si no es
por Mí”.
El Camino del cual nos está hablando el Señor no es más que nuestro
camino al Cielo. Es el camino que hemos de recorrer durante esta vida
terrena para llegar a la Vida Eterna, para llegar a la Casa del Padre, donde
El está.
Y... ¿cómo es ese camino? Si pudiéramos compararlo con una carretera o
una vía como las que conocemos aquí en la tierra, ¿cómo sería? ¿Sería plano
o encumbrado, ancho o angosto, cómodo o peligroso, fácil o difícil?
¿Iríamos con carga o sin ella, con compañía o solos? ¿Con qué recursos
contamos? ¿Tendríamos un vehículo... y suficiente combustible? ¿Cómo es
ese Camino? ¿Cómo es ese recorrido?
Veamos algo importante: Jesús mismo es el Camino. ¿Qué significa este
detalle? Significa que en todo debemos imitarlo a Él. Significa que ese
Camino pasa por Él. Por eso debemos preguntarnos qué hizo Él. Sabemos que
durante su vida en la tierra Él hizo sólo la Voluntad del Padre. Y, en
esencia, ése es el Camino: seguir sólo la Voluntad del Padre. Ése fue el
Camino de Jesucristo. Ése es nuestro Camino.
Vista la vida de Cristo, podríamos respondernos algunas preguntas sobre
este recorrido: es un Camino encumbrado, pues vamos en ascenso hacia el
Cielo.
Sobre si es ancho o angosto, Jesús ya lo había descrito con anterioridad:
“Ancho es el camino que conduce a la perdición y muchos entran por ahí;
estrecho es el camino que conduce a la salvación, y son pocos los que dan
con él” (Mt. 7, 13-14).
¿Fácil o difícil? Por más difícil que sea, todo resulta fácil si nos
entregamos a Dios y a que sea Él quien haga en nosotros. Así que ningún
recorrido, por más difícil que parezca, realmente lo es, si lo hacemos en y
con Dios.
Carga llevamos. Ya lo había dicho el Señor: “Si alguno quiere seguirme,
que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga”
(Lc. 9, 23).
No vamos solos. No solamente vamos acompañados de todos aquéllos que
buscan hacer la Voluntad del Padre, sino que Jesucristo mismo nos acompaña y
nos guía en el Camino, y -como si fuera poco- nos ayuda a llevar nuestra
carga.
¿Recursos? ¿Vehículos? ¿Combustible? Todos los que queramos están a
nuestra disposición: son todas las gracias -infinitas, sin medida,
constantes, y además, gratis -por eso se llaman Gracias. Y Gracias da Dios
a todos y cada uno de los que deseamos pasar por ese Camino que es Cristo y
seguir ese Camino que El nos muestra con su Vida y nos enseña con su
Palabra: hacer en todo la Voluntad del Padre.
En la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 6, 1-7) se
nos relata la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos
leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en “siete hombres de buena
reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que les ayudaran
en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera
que ellos pudieran dedicarse mejor “a la oración y al servicio de la
palabra”.
Y respecto de esos “Ministerios” o funciones de servicio dentro de la
Iglesia, el Concilio Vaticano II nos indica que, no sólo los Sacerdotes,
Religiosos y Religiosas tienen funciones, sino que también los Laicos pueden
y deben realizar funciones de servicio en la Iglesia. Y este derecho le
viene a los Seglares del simple hecho de ser bautizados, pues el Sacramento
del Bautismo los hace “participar en el Sacerdocio regio de Cristo” (LG 26).
Y el Concilio basa esa solemne declaración en la Segunda Lectura que
hemos leído hoy, tomada de la Primera Carta del Apóstol San Pedro (1 Pe. 2,
4-9). En efecto, en su Documento sobre el Apostolado Seglar (AA 3) el
Concilio explica lo que significa hoy para nosotros esta Segunda Lectura:
1. El Apostolado y el servicio de los Seglares dentro de la Iglesia
es un derecho y es un deber.
2. Por el Bautismo los Laicos forman parte del Cuerpo Místico de
Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación son fortalecidos por el
Espíritu Santo y enviados por el Señor a realizar la Evangelización, así
como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.
Nótese que el Concilio nos habla de derecho y de deber. O sea que la
misión de evangelizar que tienen los laicos es obligatoria, no es optativa.
Y, especialmente ahora esa obligación es más apremiante. ¿Por qué?
Porque desde Juan Pablo II se está llamando a todos, Sacerdotes y Laicos, a
realizar la Nueva Evangelización.
Y ¿por qué hace falta una Nueva Evangelización? No tenemos más que mirar
a nuestro alrededor para darnos cuenta que la Fe y la pertenencia real a la
Iglesia está en niveles críticos.
Y niveles críticos significa que la gente no parece estar siguiendo el
camino que Jesús nos dejó señalado, el camino para llegar al Padre, para
llegar al Cielo donde cada uno tiene un sitio preparado por el mismo Jesús.
La gente está a riesgo de no llegar a la meta señalada. Y esto que es
tan crucial, no parece ser importante para casi nadie. ¿Sabe la gente para
qué fue creada, hacia dónde va, qué sucede después de esta vida, qué
opciones hay al morir?
No hay negocio más importante, no hay meta más crucial que la Vida
Eterna. ¿Quién lo sabe? ¿Quién se da cuenta? ¿Quién actúa de acuerdo a
esto?
Por ello, hay que evangelizar. Y ¿qué es evangelizar? Es llevarle la
Buena Nueva de salvación a toda persona que quiera escucharla: Dios nos
envió a su Hijo Único para salvarnos, para abrirnos para puertas del Cielo.
Esa es nuestra meta. Hacia allí debemos dirigirnos. En eso consiste la
Nueva Evangelización, que es deber de todos, y es urgente.
Volviendo a lo que nos dice San Pedro en esta Carta: Cristo es la piedra
fundamental -la piedra angular. Pero todos nosotros, Sacerdotes y
Laicos, “somos piedras vivas, que vamos entrando a formar parte en la
edificación del templo espiritual, para formar un sacerdocio santo”. Por
eso el Concilio, basándose en esta Carta, declara quelos Seglares “son
consagrados como sacerdocio real y nación santa”
Sin embargo, a pesar de toda la grandeza y significación que tiene el
hecho de que los Seglares participen del Sacerdocio de Cristo, hay que tener
en cuenta que hay una distancia considerable entre la función de un
Sacerdote consagrado por el Sacramento del Orden Sacerdotal y la función
evangelizadora de un laico -inclusive si éste es un Ministro Laico
instituido para ejercer algún tipo de función dentro de la Iglesia.
Pero es así como, a través de unos y otros Ministerios dentro de su
Iglesia - los Ministerios Sacerdotales y los Ministerios Laicales y los
laicos evangelizadores- “el Señor -como hemos repetido en el Salmo
(32)- “cuida de los que le temen”, cuida de cada uno de nosotros.